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Mi agradecimiento va para René Major y para el Comité Francés de Preparación. Tengo con ustedes una doble deuda. Primero, porque fueron muy amables al solicitar mi participación como Lector de los trabajos dedicados a las instituciones psicoanalíticas. En segundo lugar, porque con esta invitación, me han ahorrado el disgusto de asistir en mi Buenos Aires querido al encuentro entre los representantes más decadentes de la Asociación Psicoanalítica Internacional con Jaques Alain Miller. Sobre todo, por esto último: ¡muchas gracias!
El psicoanálisis merece un mejor destino que el que hasta ahora le han deparado las instituciones encargadas de administrar la herencia freudiana y la herencia lacaniana. He aquí planteado el común denominador de los trabajos que tuve oportunidad de leer. La denuncia del malestar que producen las organizaciones encargadas de plasmar en la realidad la institución del psicoanálisis, las dificultades para la producción de conocimiento, para la transmisión de la teoría y la formación de agentes, los obstáculos que impiden imaginar nuevas formas de ejercer el poder; estos temas atraviesan casi todos los trabajos presentados. Así, los discursos enunciados en los veinticinco trabajos que circularon por la Internet, se despliegan en el amplio espectro de la denuncia ideológica. En algunos, sólo en algunos, transitan propuestas organizativas. Todos apelan a lo potencialmente instituyente, transformador e innovador para enfrentar lo más reaccionario e instituido de nuestra disciplina.
Dos interrogantes nos desafían: ¿Puede el psicoanálisis vivir por fuera de las instituciones? ¿Puede el psicoanálisis vivir (si por "vivir" se entiende producir conocimiento) dentro de las instituciones?
Tal vez, en una primera aproximación, la respuesta pase por reconocer que el psicoanálisis necesita de las instituciones para vivir por fuera de ellas o, quizás, para vivir en las brechas, rajaduras, intersticios que las instituciones ofrecen. Dicho de otra manera: lo mejor del psicoanálisis se ha hecho contra el psicoanálisis, esto es, contra el "establishment" psicoanalítico. Porque el psicoanálisis es un tipo muy particular de saber: fracasa cuando triunfa y se instituye. Cuando fracasa, es decir, cuando elude la institucionalización, triunfa. Y esto es así porque el psicoanálisis es una disciplina que está siempre en puja consigo misma. Se trata de un saber ambiguo, paradójico, ya que intenta afirmarse a costa de su propia evanescencia. Evita la consagración y el reconocimiento porque sabe el riesgo que acarrea: la captura adaptativa.
Planteado de esta forma, no se trataría, entonces, de averiguar qué tenemos que hacer los psicoanalistas con las instituciones, sino de descubrir qué es lo que las instituciones hacen con nosotros ya que, por lo visto, no nos hacen psicoanalistas. No somos psicoanalistas; estamos eso sí instituyendo el psicoanálisis. Estamos instituyendo el psicoanálisis cuando construimos y reconstruimos el conocimiento. Estamos instituyendo el psicoanálisis cuando retomamos el poder que habíamos delegado en otros. Cuando nos preguntamos dónde está el poder; quién toma las decisiones que nos afectan a todos; en función de qué intereses y respondiendo a cuáles imperativos. Cuando nos interrogamos sobre cuál es nuestra relación con el poder, de qué poder hemos sido despojados, qué poder ejercemos, cómo lo ejercemos, contra quién, entonces estamos instituyendo el psicoanálisis. También estamos instituyendo el psicoanálisis cuando reflexionamos acerca de nuestra posición frente a esa lógica anónima y difusa del Equivalente General Dinero. Cundo nos cuestionamos cómo operamos con el interés, la renta, el lucro y la ganancia, y cuando aclaramos nuestra posición frente a las diferencias de clases sociales y al orden patriarcal, estamos instituyendo el psicoanálisis.
Nunca como en la actualidad hemos sido más ignorantes del modo en que las instituciones nos atraviesan y nos determinan. Jamás nuestra implicación y nuestra sobreimplicación con el psicoanálisis aun aquella caracterizada por la apatía y el desencanto llegó a estos extremos y jamás antes ha permanecido más oculto y reprimido el análisis de dicha implicación. Análisis de nuestras evitaciones y de nuestras adhesiones a las teorías, a los maestros y a las organizaciones. Análisis de nuestra "neutralidad" y de nuestro "compromiso"; de nuestra participación y de nuestras indiferencias; de nuestras investiduras y de nuestras desafectaciones. Tal vez nunca como en la actualidad haya sido más evidente cómo las instituciones contextos que nos incluyen y textos que, al atravesarnos, nos constituyen están desvirtuando ese mosaico conceptual que llamamos psicoanálisis.
A lo mejor es demasiado pedir que las organizaciones psicoanalíticas por el mero hecho de ser psicoanalíticas construyan una ética, una política y una forma de administración diferente a la que sostiene la sociedad en su conjunto.
De manera inevitable, el psicoanálisis como institución imaginaria de la sociedad, sus organizaciones y sus agentes, funcionan soldados a la lógica del Capitalismo Planetario Integrado. Mal que nos pese, colabora en la perpetuación de un orden de sometimiento, de injusticia y de exclusión. Sin embargo, cada asociación, cada escuela, cada grupo, cada sujeto sostiene dentro de sí la fuerza antagónica que anuncia y augura la emergencia del deseo productivo. Esta fuerza instituyente, predominantemente transformadora que los Estados Generales proclaman, no es original de nuestros días ni es creación nuestra. Reconoce sus antecedentes en el escándalo freudiano de principios de siglo, en la aparición de Lacan, en el freudomarxismo, en Confrontation.
Para los psicoanalistas argentinos fue la fundación de la Asociación Psicoanalítica en 1943 con Marie Langer, ¡una mujer!, a la cabeza. Fue Pichon-Rivière llevando el psicoanálisis al manicomio en 1949. Fue la apertura del Servicio de Psicopatología del Policlínico de Lanús un servicio psicoanalítico en un hospital general en 1956. Fue Plataforma en 1971, fue el psicoanálisis en el exilio y fueron los equipos asistenciales de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo.
Como ven, en la historia del psicoanálisis instituyente argentino abundan más las derrotas que las victorias. Pero la fuerza de ese tránsito sobrevive en nuestra lastimada conciencia de vencidos y no figura en la historia que los vencedores del psicoanálisis instituido escriben cada día para convertir la doctrina en dogma y la institución en iglesia.
Los psicoanalistas instituyentes hemos sobrevivido a las derrotas, pero nuestra conciencia de vencidos es la de quienes luchan aquí, y ahora, y en cualquier lugar, contra el poder y el saber totalitario, por respetar las diferencias, por no renunciar a la unidad, a la fuerza que da el conjunto.
En realidad no hay psicoanálisis instituyente. Hay, si acaso, experiencias efímeras, rayos fulgurantes, polisémicos, acontecimientos que atraviesan de manera errática, intempestiva, la trama congelada de lo instituido. Hay, si acaso, respiraderos que se rebelan a soportar la asfixia que produce la cápsula de lo instituido.
Por más que se proclame, no hay tal "fin de la historia" y no está próxima la desaparición del psicoanálisis. Por lo tanto, no hay victoria final. Tampoco derrotas pasadas, porque para muchos de nosotros, vencer es sólo eso: intentar una y otra vez lo que deseamos.
Los Estados Generales, este evento que hoy nos convoca, es la huella por la que arrancarán nuestros pasos para intentar, para desear una vez más.
Los Estados Generales. Este tipo de experiencias aparecen en ciertos momentos de la historia. Se imponen en esos períodos calientes en que la crítica a lo instituido tiende a generalizarse. Cuando las condiciones existentes en las instituciones se tornan insoportables. Cuando el encierro no se tolera más. Cuando la indiscriminación y el canibalismo se unen a un cierto fundamentalismo para vaciar la producción y anular la creatividad.
Hoy en día, los Estados Generales son nuestra utopía activa: deseo de lo posible que se construye sobre el derrumbe de lo existente.
Tal vez, los psicoanalistas instituyentes no somos mejores que los psicoanalistas instituidos que se declaran dueños absolutos del psicoanálisis. Tal vez, nuestra originalidad resida en el hecho de saber a cada paso que estamos recorriendo un camino por el que no queremos transitar; que apostamos a lo drásticamente nuevo. Eso "nuevo" que sólo nace del buen encuentro y que cambia la sociedad y produce mutaciones en la subjetividad. Cuando logramos efectos transformadores en el orden instituido, estamos instituyendo. Estamos instituyendo gracias a todo lo que sabemos de psicoanálisis. Gracias a todo lo que sabemos y a pesar de todo lo que sabemos. Quiero decir: a pesar de los límites con los que el propio psicoanálisis, el burocratismo y el dogma, intentan neutralizarnos para perpetuar el orden instituido.
Tampoco nadie es, sospecho, demasiado diferente de la sociedad que lo genera. El autoritarismo, la tendencia al sectarismo, la ineficiencia, la irresponsabilidad frente al sufrimiento de los demás, esos males que caracterizan el individualismo burgués, se reflejan también en nosotros. Los psicoanalistas instituyentes que queremos el cambio o que, al menos, nos negamos a ser cómplices del jubileo con el que las transnacionales del psicoanálisis dan por clausurada la cuestión, no estamos vacunados contra la ideología de la opresión. Quizás nuestra salud consista en saber que estamos enfermos, no mucho menos enfermos que las instituciones que nos hicieron y que querríamos ayudar a deshacer. Quizás nuestra salud consista en confiar sin límites en el poder innovador y subversivo que dispara este mundo desgraciado.
¡Ojalá, entonces, que nunca perdamos la salud!
¡Ojalá que jamás dejemos de intentar lo que deseamos!
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